Hasta hace tres o cuatro años, yo tenía una amiga inseparable que, como además era mi vecina, hacíamos todo juntas. Desde que nacimos íbamos en pack; Alba y Andrea, Andrea y Alba (Por cierto, hay una empresa o algo que se llama así, que he visto bancos con eso grabado, imaginaos que ilusión me hacía ver esos bancos de pequeña). Nos contábamos todo, aún cuando no había nada que contar y siempre que veías a la una, la otra estaba al lado. Sin embargo, yo siempre la veía a ella como la mitad perfecta y a mí como la defectuosa. Tampoco voy a dramatizar; no me importaba, era consciente de que ella era más mona, más lista, más simpática y más maja y me conformaba con ser su mejor amiga. ¿Envidia? Más tarde sí, de pequeña nada.
Al hacernos adolescentes dejamos de ser mejores amigas y ahora hemos dejado de ir juntas en el grupo de amigos y no la veo más que a veces por casualidad. A pesar de sentirme su sombra, es gran parte de mi infancia, y la mejor amiga que tuve. Con ella me he reído y divertido más veces que con nadie. Y nunca, nunca, nos hemos enfadado. Y ahora me alegro muchísimo de haber sido como fui y de no haber sido ella. Al igual que me alegro de no ser ella ahora. No por nada, pero prefiero mi vida a la suya que, por quien le interese, consiste en un mundo de presión por parte de sus padres para tener una apariencia y unas notas perfectas, de chonis y borracheras y de amigas que la traicionan dos o tres veces al día. Maravilloso.
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